¿Jardín de Infantes, Institución de Juego y Ocupación, o Escuela Materna?

Actualizado: jun 6

Aunque hoy nos parezca casi imposible aceptar que un niño no asista a un jardín de infantes (cuando la escolaridad se adelanta cada vez más llegando a tener salas maternales de 2 años en prácticamente todas las escuelas), hasta hace no mucho tiempo los menores de 6 años eran educados en el hogar.


Todo el aprendizaje y los conocimientos que los pequeños adquirían en la primera etapa de sus vidas ocurrían de la mano de su madre. “Escuela Materna” la llamó Comenio, quien a pesar de haber fomentado una educación pública y masiva, se enfocó principalmente en el segundo septenio, dejando al infante desarrollarse libremente dentro del seno familiar tal como se venía haciendo hasta el momento. Los niños se adaptaban a su entorno imitando a los adultos que lo rodeaban e incorporando los distintos saberes de la misma manera en que aprendían a caminar o a hablar. El descubrimiento a través de los sentidos y de la propia exploración era la base de la educación en estos primeros años, llegando a la abstracción ayudado con las imágenes del popular “Orbis Pictus”, considerado hoy en día como el primer libro ilustrado.


Recién en 1837 Friedrich Froebel creó un espacio para estos niños basándose en la idea de Robert Owen: la “Institución de Juego y Ocupación”, denominada así justamente por la importancia que el pedagogo alemán le otorgaba al juego infantil. A través de los materiales didácticos que él elaboró, como también de las “Ocupaciones” que ejercitaban en los pequeños ciertas habilidades o destrezas, se aprendía de una forma lúdica, libre y respetuosa con las características de esta etapa evolutiva.


Si bien el Jardín de Infantes que hoy conocemos tiene su raíz en la institución de Froebel, muchas cosas se fueron incorporando y complejizando. Las Unidades Didácticas, los Recortes, los Centros de Interés, el Juego-trabajo… obteniendo así una educación planificada, centrada casi exclusivamente en el aspecto intelectual, y con una fuerte base tradicional y rígida que prepara a los niños para una futura escuela primaria.



Charlotte Mason, por ejemplo, no recomendaba las lecciones que se camuflan como un juego y creía fuertemente en que el niño pequeño se enseña a sí mismo. Decía que las actividades estaban “hechas con la suposición de que cada niño es una especie de idiota que debe ser enseñado a pensar”, y que llenaban “la mente de asociaciones artificiales antes de que el niño pueda desarrollar ideas independientes con sus propias experiencias”.


¿La escolarización a tan corta edad es entonces un progreso? ¿Qué diferencia hay con aquellos padres que no envían a sus hijos a un jardín de infantes pero les llenan el día con actividades planificadas y lecciones disfrazadas para incorporar conceptos o alfabetizar tempranamente?

Mi propuesta es desandar el camino y devolver al niño al hogar (o el hogar al niño como sucede por ejemplo en los jardines de infantes Waldorf), fomentando un aprendizaje más real, más conectado con la cotidianeidad. Una relación directa con el entorno que permita experimentar a través de los sentidos, un desarrollo natural del cuerpo y un encuentro con los propios límites, una formación de hábitos, una manifestación libre y espontánea del juego, una imaginación alimentada a través de lecturas vivas, un despliegue de las potencialidades mediante los intereses individuales…


No es algo sencillo de llevar a cabo, mientras el mundo exterior nos bombardea con fichas y cuadernillos de ejercicios para que un niño de 3 años se siente a hacer “tareas”, o nos vendan materiales didácticos al estilo Montessori para enseñarle sumas, restas y hasta multiplicaciones a un pre-escolar! El miedo es el principal motor para el consumo de ese tipo de productos, que trae consigo la idea de que un pequeño es incapaz de aprender algo si no le es impartido por alguien externo. Sin embargo, como hemos visto, esto no siempre fue así.


John Holt lo expresó a la perfección: “Confíen en los niños. Nada podría ser más fácil, o más difícil. Difícil porque para confiar en los niños debemos confiar en nosotros mismos, y a muchos de nosotros nos enseñaron de pequeños que no merecíamos confianza”.

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